El informe del programa de acompañamiento ERDU
del Gobierno de Lakua a jóvenes en situación de extrema exclusión
asegura que un medicamento que se vende en la farmacia, únicamente con
receta, está generando más casos de adicción que el alcohol en este
colectivo. La sustancia química se llama pregabalina, pero su nombre
comercial es Lyrica.
La pregabalina es una molécula que actúa sobre el sistema nervioso
-contribuye a controlar las convulsiones, calma la ansiedad y el dolor- y
al que se le han dado distintos usos a lo largo del tiempo.
«Se comenzó usando como antiepiléptico, pero luego pasó a darse
frente al dolor neuropático (aquel que causado por una enfermedad que
daña directamente al sistema nervioso), el cual es difícil de tratar. De
ahí ha pasado a recomendarse en problemas variados, como la ansiedad
generalizada, y no es infrecuente que las personas dependientes de
sustancias, como opiáceos, las utilicen conjuntamente. Este es un riesgo
grande, pues puede producir depresión respiratoria grave. A veces se ha
usado como tratamiento de deshabituación de benzodiazepinas y opioides,
pero para esto tiene que haber una supervisión estrecha», explica a
NAIZ Luis Carlos Saiz, farmacéutico de la Sección de Innovación y
Organización de Osasunbidea.
Las psicólogas que trabajan en el programa ERDU (que atiende a
problemas derivados de la lentitud de la política en extranjería)
describen cómo Lyrica ha saltado al mercado negro igual que otros
psicofármacos, como el Trankimazin (alprazolam) o el clonazepam, pero
con mayor virulencia. Las pastillas se compran y venden a un precio muy
barato. «Es un poco más caro que un Rivotril [nombre comercial del
clonazepam], que lo puedes encontrar en el mercado negro por un euro.
Una pastilla de Lyrica puede costar dos euros. O a veces se consigue a
través de un trueque, porque la economía de estos jóvenes es muy
precaria», comenta Nerea Cortezón, psicóloga que participa del programa
ERDU.
Los jóvenes en situación de calle son particularmente vulnerables a
un psicofármaco así. «Cuando una persona duerme entre cartones, con frío
y desesperanza, la tentación de drogarse para evadirse un rato de la
realidad es demasiado fuerte. Esto no tiene nada que ver con la
procedencia, sino que lo provoca la situación de exclusión», corrobora
su compañera Inma Cuena.
En el programa ERDU han trabajado con jóvenes adictos a la
pregabalina con edades que van de entre los 18 a los 30 años. Entre
ellos hay personas en situación de calle o que han venido hace poco
tiempo y no acceden a ningún recurso. También han encontrado personas
que aparentemente se engancharon a la pregabalina en cárceles de otros
países, como Italia o el Estado francés.
Un tercer perfil sería -indican- el de consumidores de largo
recorrido de otras drogas más potentes, quienes han encontrado en esta
pastilla una forma de colocarse «aunque no tanto» a un coste muy bajo,
combinándola con alcohol o cannabis.
Por su parte, el equipo de comunicación de Policía Foral traslada
que, aunque la pregabalina no está considerada una droga (es simplemente
un medicamento que necesita receta en todos los países europeos) sí que
está «bajo vigilancia» y que la Agencia de la Unión Europea sobre
Drogas (EUDA) la está investigando.
«En la EUDA saben que es un medicamento que no se está usando como se
debe, pero aún desconoce qué efectos están buscando sus consumidores.
Por eso, cuando nos encontramos alguna pastilla en alguna incautación
tenemos que enviar los datos a Delegación del Gobierno indicando en qué
contexto y junto a qué otras sustancias nos la hemos encontrado»,
explican.
ACCESO A LA PREGABALINA
Lyrica se dispensa en múltiples formatos. Vienen 56 pastillas por
caja, pero cambia la proporción de pregabalina en cada una de las
pastillas, desde los 25 mg, 75 mg, 100 mg, 150 mg… La dosis más alta es
de 300 mg. NAIZ ha consultado a una farmacia de Iruñea ubicada en una
zona transitada por personas en situación de calle, donde han indicado
que es común que se suministre este medicamento a personas con este
perfil, porque lo tienen recetado por su médico.
Lyrica es un medicamento con «punto negro», que lo señala como un
producto «de aportación reducida» donde el consumidor aporta un 10% del
valor con tope máximo. La receta es especial, de las conocidas como «de
talonario».
En la vida real esto se traduce en que la caja de 56 pastillas cuesta
en la farmacia entre 1,5 y 4,24 euros. Además del autoconsumo, el
envase tiene el potencial de reportar un escueto beneficio de 100 euros a
quien lo tiene pautado, pero que en situaciones extremas y con la Ley
de Extranjería bloqueando su acceso a una economía reglada, favorece la
expansión de su consumo.
«La prescripción común es de una pastilla diaria, por lo que son
envases pensados para durar dos meses. Suele haber cierto margen, se
acepta que vengan un poco antes, a los 45 días. Es cierto que he tenido
personas con el perfil que describe», comenta otra farmacéutica de
Tutera.
Nadir -un migrante que proviene de un pueblo sur de Casablanca, ronda
la treintena y duerme en la calle- confirma a NAIZ que el consumo de
Lyrica está muy extendido. Reconoce que fue consumidor, pero muy poco
tiempo, durante tres meses. Tuvo prescritas pastillas de 75 mg en 2019
durante un trimestre. «Fue a raíz de un accidente. Tenía mucho dolor y
me las recetaron. Eso te deja más tonto que tonto -describe-. Acabas muy
tirado».
El uso de pregabalina parece hoy acotado a estos entornos muy
desfavorecidos. La Asociación AiLaket, que analiza el consumo de
sustancias en entornos festivos, no ha detectado pastillas de
pregabalina en las fiestas en las que monta su laboratorio de análisis.
«El nombre de Lyrica ha aparecido en charlas y formaciones. El
consumo está ahí. Pero cuando acudimos a unas txosnas, no vemos estas
pastillas», explica Jon Iriazabal. Tal ausencia puede constituir un
rasgo más del aislamiento el que la sociedad somete a los migrantes que
viven en la calle.
Este portavoz de AiLaket, organización centrada en informar de los
efectos de las sustancias que analizan y en cómo funcionan cuando se
mezclan unas con otras, advierte de que es un depresor del sistema
nervioso, igual que el alcohol, por lo que combinarlo con este es
peligroso.
DEPRESCRIPCIÓN PROGRESIVA
La pregabalina lleva preocupando mucho tiempo en toda Europa. Desde
la vuelta de la pandemia, principalmente. En Alemania se han realizado
redadas específicas y sus efectos adictivos cada vez preocupan más en el
Estado francés, donde surgió una polémica en torno a un médico de
Nantes que prescribió un número anormalmente alto de recetas.
En Gran Bretaña, el pasado 8 de enero se ordenó actualizar la
información que tienen los médicos sobre este principio activo (un
gabapentinoide) para reforzar «los riesgos de adicción, dependencia,
síndrome de abstinencia y tolerancia».
Osasunbidea, en 2021, realizó un trabajo sobre los gabapentinoides en
el que ya se hablaban de su potencial adictivo y recomendaba ser muy
cuidadosos a la hora de recetarlos. El trabajo recordaba, entre otros
efectos adversos de tipo físico, que «estos fármacos también se han
relacionado con depresión, trastornos del comportamiento e ideación
suicida». Por ello, aconsejaba que, en caso de prescribirse, el
sanitario hiciera un control estrecho y pautara una deprescripción
progresiva. Asimismo, advertía de que el 56% de las prescripciones de
gabapentinoides estaba fuera de las indicaciones autorizadas.
El informe alertaba de que el uso de la pregabalina se había
incrementado un 18% entre los años 2015 y 2020. En el último año
analizado, 2020, se consumieron más de 1,6 millones de dosis diarias
definidas (DDD) de gabapentinoides, lo que supuso un gasto de 1,4
millones de euros para el Servicio Navarro de Salud.
A pesar de este aviso, el consumo ha seguido subiendo. En 2024, en
Nafarroa, se recetaron 1,97 millones de dosis diarias de
gabapentinoides, de las que 1,48 fueron de pregabalina.
El número de personas a las que se recetó este medicamento han
ascendido de 11.385 en todo 2020 a 17.286 entre enero y noviembre de
2025. Y en la CAV se aprecia un aumento similar: desde las 3,36 millones
de DDD de 2020 a las 4,01 millones recetadas entre enero y noviembre de
2025. En ese mismo arco temporal, las personas con receta han ascendido
de 26.532 a 36.416.
EL VERDADERO PROBLEMA ES LA EXCLUSIÓN
La expansión de este fármaco contra la ansiedad no supone un riesgo
solo sanitario, sino social por los efectos que tiene entre sus
consumidores. Las asociaciones que trabajan con población joven y
migrante llevaba advirtiendo que se están degradando física y
mentalmente aquí. «Lo que vemos asusta un poco. Cuanto más tiempo pasan
en la calle, más se agrava su salud mental y su angustia vital. Algunas
personas usan esta pastilla como automedicación para la ansiedad, dolor o
problemas psicológicos derivados de su proceso migratorio u otros
traumas», dicen las psicólogas de ERDU.
Cuanto más tiempo pasan en la calle, el pronóstico para sus
enfermedades mentales cada vez es más complejo. El deterioro sucede
rápido. «Chavales muy jóvenes que llegaron buscando más recursos para
sus familias en cuestión de meses se derrumban», advierte Cortezón.
«Cuando les acompañamos intentamos que acudan a un centro de salud
mental y que no se abandonen», comenta esta profesional.
La solución es compleja, pero la situación es insostenible. «Sabemos
que es complicado ampliar la atención que se da al colectivo, que todo
nuevo recurso que se active se va a acabar llenando. Pero no podemos
dejar de atender a los que ya tenemos. Tienen que dejar de ser
invisibles. La propia Ley de Extranjería es un embudo que paraliza tres
años un proceso de inserción al mundo laboral», asegura Cuena. De ahí
que concluya que, para solucionar la situación generada, «habría que ir a
la raíz del problema, no a las consecuencias».
https://www.naiz.eus/es/gaiak/noticia/20260201/la-adiccion-a-la-pregabalina-no-para-de-crecer-en-los-margenes